Ya no hay vuelta atrás
Sobre el momento en que empiezas a darle la vuelta a los envases y ya no puedes dejar de hacerlo.
En Matrix, Morfeo le ofrece a Neo dos pastillas. La azul le permitirá regresar a casa y continuar exactamente donde estaba. La roja, en cambio, le permitirá conocer una realidad que hasta entonces permanecía oculta. Neo elige la roja y, a partir de ese momento, ya no hay vuelta atrás.
Pastilla azul
Regresar a casa y continuar exactamente donde estabas.
Pastilla roja
Conocer una realidad que hasta entonces permanecía oculta.
Salvando todas las distancias —esto es una ecoshop y no una distopía protagonizada por Keanu Reeves—, hay algo de esa sensación en el camino que muchos hemos recorrido con los productos que utilizamos cada día.
De alguna manera, todos nacemos con nuestro propio Matrix instalado. Nos ponen colonia cuando somos bebés, nos limpian el culo con una toallita desechable —con dudosos ingredientes—, y años más tarde incorporamos geles, champús, suavizantes, ambientadores, antitranspirantes, fragancias artificiales y plástico en buena parte de nuestra higiene, limpieza y alimentación.
No significa que todo ello sea necesariamente malo. Simplemente es lo que siempre hemos conocido, y pocas veces nos preguntamos si existe otra manera de hacerlo.
Hasta que un día alguien te ofrece tu particular pastilla roja.
Empiezas cambiando un producto
Puede ser un champú, un desodorante, un detergente, una cuchilla de afeitar, un táper de vidrio o un estropajo de cobre. Lo pruebas, te funciona y aparentemente no ha ocurrido nada extraordinario. Pero después empiezas a hacer preguntas.
¿Por qué este champú limpia de otra manera?
¿Qué es un glucósido?
¿Por qué necesito suavizante?
¿Por qué hemos asociado un perfume que dura días con la idea de ropa limpia?
¿Qué significa Laureth? ¿Qué es la etoxilación?
¿Por qué utilizo un limpiador diferente para cada rincón de casa?
Y poco a poco empiezas a entender cosas que antes ni siquiera te habías planteado. Descubres que hay distintas maneras de formular un champú, que mucha espuma no significa necesariamente que algo limpie mejor, que el olor no es sinónimo de limpieza o que quizá no necesitas un producto diferente para cada rincón. Incluso empiezas a preguntarte cómo se fabrican algunas de las cosas que utilizas cada día.
No necesitas convertirte en un experto. Simplemente empiezas a mirar de otra manera.
Y ahí se complica todo, porque la próxima vez que tienes un envase en las manos, inevitablemente le das la vuelta.
Cambia también tu estándar
Con el tiempo cambia incluso la forma en que percibes algunas cosas. Una fragancia que antes asociabas con ropa recién lavada puede empezar a resultarte excesiva; un ambientador puede invadirte una habitación y un cosmético parecerte exageradamente perfumado. No necesariamente porque una cosa sea universalmente mejor que otra, sino porque tu referencia ha cambiado.
También empiezas a cuestionar algunas rutinas. Quizá no necesitas veinte productos de limpieza. A veces no hace falta un limpiador más potente, sino entender la suciedad y utilizar un buen cepillo. Quizá tampoco necesitas que un desodorante impida sudar para que sea eficaz.
A mí me ocurrió precisamente así.
Volver a aprender a afeitarme
Con el afeitado me ocurrió algo parecido. Durante años mi piel se irritaba tanto que no podía afeitarme cada día. Hubo épocas en las que terminé llevando barba simplemente para evitar el castigo que suponía volver a pasarme una cuchilla por la cara.
Hasta que un día empecé a interesarme por aquello que llevaba años utilizando sin cuestionármelo: qué contenían las espumas y geles de afeitar, cómo funcionaban y qué sentido tenía el sistema multicuchilla desechable que había asumido como la evolución lógica del afeitado.
Empecé también a fijarme en algo tan básico como la propia cuchilla: varias hojas extremadamente juntas, restos de pelo, jabón y piel atrapados entre ellas, muchas pasadas sobre una piel que ya estaba irritada y un cabezal que acabaría tirando poco después.
Tuve que aprender otra vez algo que creía que ya sabía hacer. Mi piel cambió definitivamente.
Lo nuevo no siempre sustituye a lo antiguo porque sea mejor. A veces simplemente consigue que olvidemos cómo se hacía antes.
Salir de Matrix no significa entrar en otro
Esta es probablemente la parte más importante. Cambiar un dogma por otro no nos hace más libres:
Que algo sea natural no significa automáticamente que sea mejor.
Que un ingrediente tenga un nombre químico incomprensible no significa que sea malo.
Una certificación ecológica tampoco debería impedirnos seguir haciendo preguntas.
Nosotros mismos entramos y salimos de Matrix continuamente. Compramos productos convencionales cuando nos parecen razonables, escogemos alternativas cuando nos convencen más y hay cosas que sencillamente no hemos cambiado. La diferencia es que ahora podemos decidir sabiendo que existen otras opciones.
Porque, en realidad, mi pastilla roja no fue aquel desodorante. Tampoco fue la cuchilla clásica, un champú o un detergente.
Eduardo Ghigliotto Vega
Comerciante y comunicador con formación en periodismo y trayectoria comercial.
