Pese a todo, somos optimistas
«Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad».
Antonio Gramsci
Volvemos de vacaciones. Y volver tiene algo de empezar de nuevo. Septiembre siempre nos ha parecido un pequeño enero: ordenas cosas, recuperas rutinas, haces planes y miras hacia delante intentando imaginar cómo serán los próximos meses.
No os vamos a engañar: el pequeño comercio no atraviesa precisamente su momento más sencillo. Competimos con gigantes que pueden vender más barato, entregar mañana, abrir veinticuatro horas al día y aparecer en la pantalla de nuestro móvil justo cuando estábamos pensando en comprar algo.
Contra eso es difícil competir. Pero, pese a todo, somos optimistas. Porque también estamos viendo algo mucho más interesante.
Queremos saber más
Durante estos años detrás del mostrador hemos visto cómo muchas personas han ido cambiando su manera de comprar. Preguntan más. Quieren saber qué lleva un producto, quién lo fabrica, dónde se fabrica, por qué hemos decidido tenerlo en la tienda o qué diferencia existe entre dos productos aparentemente iguales.
Quieren probar. Comparar. Que alguien les explique. Y cada vez valoran más cosas que no caben fácilmente en un algoritmo:
Ahí sí podemos competir. Nunca tendremos la capacidad de compra de una multinacional. Ni su presupuesto publicitario. Ni probablemente sus márgenes.
Pero podemos conocer aquello que vendemos. Podemos preguntar a quien lo fabrica. Podemos probarlo. Podemos equivocarnos, aprender y cambiar de opinión.
Y podemos mirar a alguien a los ojos y explicarle por qué creemos que un producto merece estar en nuestra tienda.
¿Y si dejáramos de llegar siempre tarde?
Este verano también hemos seguido investigando. Hace poco publicamos un artículo sobre los tensioactivos etoxilados presentes en muchos productos de limpieza. Y cuanto más profundizamos en el tema, más incómoda fue la sensación que nos quedó.
No porque hayamos descubierto que todos esos productos sean peligrosos. No es eso. La incomodidad viene de otro lugar: de descubrir lo difícil que puede resultar para un consumidor saber exactamente qué contiene un producto, cómo se ha fabricado un ingrediente o qué posibles impurezas pueden derivarse de determinados procesos industriales.
Y eso nos ha hecho pensar. Nos gustaría una legislación bastante más exigente. Pero también más audaz. Una legislación que no se limite a establecer qué podemos utilizar hoy y esperar después a que aparezca suficiente evidencia para restringirlo mañana.
Porque esa carrera ya sabemos cómo termina: la legislación siempre irá por detrás de la química. Quizá haya llegado el momento de cambiar el ritmo.
De utilizar también la regulación y los incentivos económicos para favorecer aquello que queremos que inunde nuestros mercados: formulaciones eficaces, transparentes, sencillas y fácilmente comprensibles. No se trata de premiar lo simple por el mero hecho de ser simple —un producto tiene que funcionar—, sino de conseguir que eficacia y comprensibilidad dejen de ser conceptos enfrentados.
El verdadero desafío sería ponerse por delante. Decidir qué clase de productos queremos dentro de diez o veinte años y utilizar legislación, investigación e incentivos para acelerar su llegada.
Y esto no sirve solamente para los detergentes. Sirve para la alimentación, la moda, la cosmética, la construcción, los artículos para casa… para prácticamente todo lo que producimos y consumimos. Y después, poner las reglas para llegar antes.
El consumidor tampoco es ingenuo
Durante mucho tiempo hemos concedido una enorme autoridad a determinados lugares simplemente por el lugar que ocupaban. Pensemos, por ejemplo, en las farmacias. Durante generaciones han sido casi templos de la salud y el bienestar.
Y siguen desempeñando una función sanitaria fundamental. Pero creemos que el consumidor hace tiempo que también percibe otra realidad: la farmacia es, además, un negocio. Basta entrar en muchas de ellas y observar cuánto espacio ocupan hoy la cosmética, los complementos alimenticios, los productos de higiene o determinadas marcas expuestas y recomendadas desde el mostrador.
Y ahí aparece una pregunta incómoda pero legítima:
¿Hasta dónde llega la recomendación sanitaria y dónde empieza la recomendación comercial?
Detrás de muchos productos existen márgenes, promociones, acuerdos comerciales, objetivos de venta e incentivos económicos. Eso no convierte automáticamente una recomendación en mala ni significa que el profesional anteponga el negocio a nuestra salud. Pero tampoco deberíamos comportarnos como si el componente comercial no existiera.
El consumidor lo sabe. O, como mínimo, empieza a sospecharlo. Pregunta. Compara. Lee. Busca una segunda opinión. Y a nosotros eso nos parece una magnífica noticia.
O nos diferenciamos o somos uno más
Todo esto nos reafirma en una idea que sirve para nosotros, pero también para casi cualquier pequeño comercio, venda ropa, complementos, artículos para casa, productos para perros, detergentes o bienestar.
O somos capaces de defender lo que vendemos desde el conocimiento, el criterio y la diferenciación, o corremos el riesgo de convertirnos en irrelevantes. En uno más.
Nuestra oportunidad está en saber por qué hemos elegido algo, conocerlo, cuestionarlo y ser capaces de explicarlo.
Quizá el futuro del pequeño comercio no consista en intentar parecerse al grande. Quizá consista precisamente en demostrar por qué no somos lo mismo.
Volvemos
Ahora toca levantar otra vez la persiana, seguir preguntando y procurar hacerlo cada día un poco mejor. Nos espera una segunda mitad de año bonita.
¿Nos acompañáis?
Eduardo Ghigliotto Vega
Comerciante y comunicador con formación en periodismo y trayectoria comercial.

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